jueves, 17 de junio de 2010

Amor exprés en el metro

Es curioso el ir y venir del amor. Sin duda tiene un gran parecido al vaivén del metro, al movimiento de la gente en los vagones, a todas esas personas sin nombre. Gente como ella sólo aparece cuando menos te lo esperas. Diez minutos bastaron para jurarle amor eterno.

Una mirada perdida desde mi rincón, un montón de anotaciones entre sus manos, pequeños apuntes cuyo significado todavía ignoro. Su mirada perdida en el infinito mientras sus manos barajaban recuerdos, notas a pie de página que le sirven para no olvidar, que provocan su mirada constelada distraída.

Su rostro es una belleza cinematográfica, mantiene una tez pálida como la luna, como la de aquel misterioso personaje de la isla. Ella es una estrella; yo, un ser estrellado. Sus pensamientos son su pasatiempo; ella es el mío.

Aunque sé que habla otro idioma estoy seguro de que entenderá el lenguaje de mi amor. Estoy seguro de que siente algo por mí. Su mirada y la mía se repiten las mismas cosas en silencio. Curioso, ni siquiera ha notado mi presencia. Yo la aprieto contra mi pecho con bocanadas de silencio que nadie puede ver. La estrecho fuertemente para intentar colmar sus suspiros entre mis brazos. No quiero prisas, no busco el error del verso rápido. Dejo que escriba y que piense, que piense y que escriba. Dejo que sea ella misma en mi mismo.

Imagino. Respiro. Sueño. Sonrío. Observo. Pienso. Deseo. Siento. Padezco. Perdono. Escucho. Entiendo. Tiemblo. Sufro. Arriesgo. Obedezco. Lloro. Miento. Susurro. Gano. Pierdo. Vivo. Muero… Todo eso en diez minutos, seiscientos segundos de amor incondicional.

Luego, simplemente cierra su libreta y sonríe. El último pensamiento resbala por la comisura de sus labios alejándose del paraíso de su boca. Se levanta como aquella diosa de la plebe, como la única princesa para este príncipe que nunca ocupará un trono. Las puertas del metro se abren. Ahora sólo veo su estela. Las puertas se han cerrado y con ellas mi corazón, que vuelve a su hermetismo habitual.

Adiós princesa, gracias por esta clase exprés de amor incondicional.

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